Y es que uno NUNCA debe ceder a la presión social. Cuando uno tiene clara su situación en la vida, es más que suficiente. No se necesita ir en contra de los principios propios para encajar en un circulito social medianamente bien trazado y establecido.
La cosa es que estaba yo presenciando uno de esos enlaces tipificados por la tradición, por la costumbre, por la Iglesia (con I mayúscula) y por las masas. Una de esas conversiones de rigor que los demás practican y yo aplaudo desde mi trinchera sin siquiera cuestionarme el querer llegar ahí. Una boda. La boda. La boda de mi mejor amigo. Así de fuerte. Así de rudo. Así de extremo… literalmente.
Entonces ahí estaba yo completito sentado en una mesa de matrimonios y embarazos que compartían entusiastas ante mis solterísimos oídos.
De pronto una salida se apareció ante mis ojos. Yo soltero y energético tenía ante mí una pista de baile saturada de solterillas en busca de un cervatillo herido y embrutecido por el alcohol que quisiera hacerles “el favorcito”. ¿Y pues quién es uno para negarle un poco de amor a alguien? Ahí voy, con el mejor de mis estilos, calentando tobillos y verificando el pulido perfecto de mis nuevos zapatitos que me deslumbrarían cuando me deslizara galantemente hacia allá, dispuesto a raspar la suela, listo para matar con la gracia de un trompo al más puro ritmo salsero.
Y cuando empiezo a dominar con mis siempre impactantes y gráciles movimientos al ritmo de “el Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog”, sí en ese preciso momento mismo en que más de una hembra buscaba aparearse con el macho alfa de esa boda, el buenoparanada del conductor dio inicio a “la tradicional Víbora de la Mar”. Y ahí voy yo, queriendo demostrar que en efecto, soy un macho alfa. Que esa liga que mi mejor amigo arrancaría sería impecablemente atrapada por mí. Y entonces ellas, las ganosas féminas se pelearían por ver quién me atraparía a mí…
De pronto todo negro. Negro total. Nada se veía. Nada se oía. Nada pasaba hasta que comencé a sentir algo húmedo a mis pies… una bolsa de hielo.
Doble fractura y seis semanas de inmovilidad obligatoria… en periodo de posadas!









