PULIENDO LA PISTA

Y es que uno NUNCA debe ceder a la presión social. Cuando uno tiene clara su situación en la vida, es más que suficiente. No se necesita ir en contra de los principios propios para encajar en un circulito social medianamente bien trazado y establecido.

La cosa es que estaba yo presenciando uno de esos enlaces tipificados por la tradición, por la costumbre, por la Iglesia (con I mayúscula) y por las masas. Una de esas conversiones de rigor que los demás practican y yo aplaudo desde mi trinchera sin siquiera cuestionarme el querer llegar ahí. Una boda. La boda. La boda de mi mejor amigo. Así de fuerte. Así de rudo. Así de extremo… literalmente.

Entonces ahí estaba yo completito sentado en una mesa de matrimonios y embarazos que compartían entusiastas ante mis solterísimos oídos.

De pronto una salida se apareció ante mis ojos. Yo soltero y energético tenía ante mí una pista de baile saturada de solterillas en busca de un cervatillo herido y embrutecido por el alcohol que quisiera hacerles “el favorcito”. ¿Y pues quién es uno para negarle un poco de amor a alguien? Ahí voy, con el mejor de mis estilos, calentando tobillos y verificando el pulido perfecto de mis nuevos zapatitos que me deslumbrarían cuando me deslizara galantemente hacia allá, dispuesto a raspar la suela, listo para matar con la gracia de un trompo al más puro ritmo salsero.

Y cuando empiezo a dominar con mis siempre impactantes y gráciles movimientos al ritmo de “el Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog”, sí en ese preciso momento mismo en que más de una hembra buscaba aparearse con el macho alfa de esa boda, el buenoparanada del conductor dio inicio a “la tradicional Víbora de la Mar”. Y ahí voy yo, queriendo demostrar que en efecto, soy un macho alfa. Que esa liga que mi mejor amigo arrancaría sería impecablemente atrapada por mí. Y entonces ellas, las ganosas féminas se pelearían por ver quién me atraparía a mí…

De pronto todo negro. Negro total. Nada se veía. Nada se oía. Nada pasaba hasta que comencé a sentir algo húmedo a mis pies… una bolsa de hielo.

Doble fractura y seis semanas de inmovilidad obligatoria… en periodo de posadas!

BUSCANDO REPERTORIO

 

Heme de vuelta. No que tenga mucho que decirles. Ni tiempo para hacerlo pero pues ando ganoso de escritura y si no les gusta… ahí están Facebook, Twitter y La Señorita Laura para que se quejen y me hagan pedazos.

 

No sé si había ya hablado sobre mi Vecina Feliz. Si no, les cuento. Resulta que en mi nueva morada que esta vez no es roja como la anterior hay una vecina que es muy feliz. Sumamente feliz. Incómodamente feliz. Amanece cualquier día de la semana canturreando algún éxito de Yuri, de Mijares, de Pandora o Ana Gabriel o cualquier otro ochentero. La elección del tema es aleatoria pero la efusividad que la acompaña cada mañana es estremecedora.

 

En las tardes puede uno topársela en la banqueta cargando 27 bolsas de supermercado en cada mano, con la bolsa cayendo de su hombro, un auto que pasa y la salpica del charco que quedó de la noche anterior y aún así eleva una blanquísima e incompleta sonrisa acompañada de un “buen día vecino”.

 

Y por las noches, mientras uno trata pacíficamente de leer algún tratado sobre la abolición de la esclavitud en el Congo Belga a principios del siglo XX, cuestionándose la falta de humanismo, el abuso de las religiones hacia los aborígenes, odiando a la modernidad que se filtraba en comunidades pacíficas para ejecutar y mancillar salvajemente a los nativos, por la ventana se escucha un la la lara la lá que me recuerda a los Pitufos. Y me da un poquitito de risa ver cómo ella sólo canturrea con felicidad absurda.

 

Lo que ella no sabía, por lo menos hasta este fin de semana, es que para cada Ying, hay un Yang. Estaba ella, muy feliz como siempre, canturreando alguna melodía que por mi corta edad no logré reconocer pero que definitivamente sonaba a algo así como Angélica María. Y cantaba. Y tarareaba. Y se regocijaba con las notas. Y me la imaginaba yo como película de Disney bailando con su escoba. Y en eso nada más se oye: Ya cállate…

 

Sus canturreos cesaron. Desde mi trinchera mis ojos se abrieron como platos. Mis oídos se aguzaron esperando escuchar respuesta. No la hubo… Por unos minutos. De pronto:

 

–Buenas tardes vecina, ¿es usted quien amablemente me pidió que me callara?

 

– ¡Sí! Todas las mañanas me despierto a las seis para ir a trabajar y…

 

– Ay vecina, pues con razón está de malas. Le pido una disculpa y prometo dejar de cantar para que usted y su marido puedan descansar.

 

– No tengo marido.

 

– Ay vecina, pues con razón está de malas. Le pido una disculpa y prometo dejar de cantar para que usted solita pueda descansar.

 

–No se burle de mí por no estar casada que si no me casé es porque me la paso trabajando.

 

– Ay vecina, pues con razón está de malas….

 

Y le azotaron la puerta en la cara. Y sólo bajó las escaleras cantando. Tanto como lo hacía antes de la discusión. Tanto como lo sigue haciendo todos los días desde aquél altercado sin recibir reclamos. Tanto que estoy pensando en unírmele y canturrear algo por las mañanas y por las noches…


SOY VIP… quezque

 

Bien lo saben. Me gusta mi libertad y andar por la vida sin ataduras. Es mi predicamento y es mi realidad. Solía pasear por la calle y ganar mucho dinero haciendo lo que bien sé hacer. Y de pronto, hace ya un año, este potro salvaje fue domado y establado por la Empresa-más-fifí-del-mundo-mundial.

 

En este año han pasado no pocas cosas.

 

Encontré una socia con la que encontré un ancla en este lugar.

 

Me topé con mi regordete amigo que me hace la vida más amable.

 

Descubrí que soy mucho más paciente de lo que me imaginaba.

 

Aprendí grandes cosas de pequeñas personas y pequeñas cosas de grandes personas.

 

Me convertí en fan de mis compañero y en compañero de mis fans (ay ajááá)

 

Decidí que me haré un tatuaje nuevo en cuanto tenga tiempo…

 

Y descubrí que hasta hoy no he logrado tener tiempo.

 

He pasado de potro a tiburón y de tiburón a manso cachorro.

 

Me enamoré más de una vez y me desencanté en repetidas ocasiones.

 

Me rompieron mi Feng Shui y lo he restaurado tantas veces que me da miedo una grieta definitiva.

 

Me emocioné de tener amigos que aceptaron mi nueva actitud de glamour en medio de nuestro hippismo comunitario.

 

Me enfurecí y pacifiqué en cuestión de minutos.

 

Me invitaron a una de las mejores bodas de mi vida y tuve por parejas a quienes nunca me imaginé… y cómo lo gocé.

 

Me han puesto apodos, me han molestado, me han abrazado, me han temido y hasta torteado. Esto último me pone de malas, pero lo demás me ha hecho reír muchísimo.

 

Ah y también logré el sueño de mi vida que era obtener un gafete ALL ACCESS jajajaja

 

Y así podría seguir por minutos, horas, días, semanas, meses y hasta un año más…

 

 


TROLLISMO RENOVADO

Normalmente soy un Troll. Me gusta criticar. Encontrar paralelismos despectivos. Tirar carrilla y comentarios llenos de carrilla, ponzoña y hasta una que otra vil agresión. Y hay a quien le gusta cuando soy así. Mucho más que cuando soy normal. Ignoro la razón, pero creo que en el fondo soy un mejor villano que héroe.

 

Y es que no sé bien por qué pero soy capaz de exasperar a cualquiera con una palabra, con una risa despectiva o hasta con un parpadeo oportuno. Timing is everithing. Total que quienes no me conocen en persona no lo saben pero, aun cuando soy un tipo con buen humor y una infinita afición por la carcajada, me enojo fácil. Estallo rápido. Miento madres y a veces, sólo a veces me agarro a golpes. No soy muy fan de llegar a ese nivel, pero he llegado. Pero creo que con mis ya 30 casi 31 años he encontrado una nueva modalidad de trollismo que me está haciendo muy feliz y me está proporcionando muchas pero muchas horas de diversión. Esa nueva forma de fastidiar al mundo y llevarlos a una crisis de nervios me divierte y entusiasma porque hasta suena un poco hippie. Se llama: demostración de amor.

 

Me echo en reversa para estacionarme y atrabacanda señorita con teléfono en mano se me lanza con las altas y el claxon mostrándome su más recalcitrante odio por interponerme entre ella y su destino. Le mando un beso.

 

Se descarga mi correo saturado de estúpidas solicitudes que normalmente romperían mi de por sí frágil equilibrio emocional y que me notifican puras negatividades. Una tras otra. Les mando reply all que sólo dice: “lo revisamos el lunes, estoy junto a la alberca y no puedo responder ahora, feliz fin de semana”.

 

Las avenidas se encuentran secuestradas desde hace ya algunos años por nuestro siempre coqueto y ligador de estrellas y extranjeras gobernadorcete. Hay tráfico hasta a las cuatro de la mañana. Para llegar del centro al sur, es necesario recorrer los otros puntos cardinales por las callejuelas forradas de prostitutas y lo único que pienso es: “ojalá y gane la presidencia, eso garantiza un golpe de estado y que acabe en la carcel sintiendo el amor de sus compañeritos de celda”.

 

Y así, podría dar miles de millones de formas en que el amor que ahora profeso por el mundo está despedazando la tranquilidad de quienes se habían acostumbrado a mi explosividad…

 

Los quiero y pienso escribir seguido. Y si no lo hago, no me odien. Y si me odian, los amaré y si me aman, los amaré más. Y si me aman más, regálenme un Ferrari y déjense de miserias…

 

DE PIROPOS A MEDIAS

Halago. Sustantivo masculino. Dícese de aquella expresión empleada para demostrar afecto, admiración o alabanza. Está clarísimo. ¿Qué no? Parece que no. En serio, en las últimas semanas me he topado con gente que me receta unas expresiones que me provocan más desazón que orgullo. Ahí les voy.

 

Tú que le sabes tan bien a esto de la frivolidades, bla bla bla. Simplemente no oí el resto de la frase. ¿Qué quiere decir eso? ¿Que soy muy culto? ¿Tanto que hasta sobre banalidades sé? ¿O que soy frívolo? No entiendo. Mejor ni le rasco…

 

La verdad sí tienes buen cuerpo, se ve que estás obsesionado con el gimnasio… Es de lo más reciente en el catálogo de aplausos mal dados. ¿Si saben que estar “obsisonado” es un trastorno sicológico? Quieren decir que estoy desequilibrado mentalmente? ¿Es decir, sí lo estoy pero tanto como para que me lo hagan saber en medio de un piropo?

 

Cada vez que te veo me dan ganas de llorar. Sí. Así. A secas y sin previo aviso. El espíritu de supervivencia de mi pobre autoestima me quiere hacer creer que esta frase terminaba con un “de emoción”, “de felicidad”,  “de gusto”… pero seamos honestos, soltado así y sin contexto, al que le dan ganas de llorar es a mí.

 

No es por desmerecerte, pero Mengano es tan pero tan amable, tan dulce, tna buena persona, tú en cambio eres muy profesional… ¿Perdón? ¿Es conmigo? Parece mentira pero no lo es. Me lo dijeron. Y no hace tanto. Y no, no me sentí desmerecido porque me tiene sin cuidado pero seamos honestos, es acaso esto un halago?

 

Resulta que por alguna extraña razón, la vida me ha convertido en el villano de la historia. De las historias. En plural. Y no me molesta. Hasta he de confesar que a un lado truculento de mí le gusta y hasta le causa un poco de orgullo. Pero por favor, no traten de ser amigables diciéndomelo entre líneas.

 

Mejor la honestidad de mi regordete amigo que no tuvo empacho en preguntarme: ¿De casualidad no se incendió la iglesia al momento que te bautizaron?

 

 

 

 

 

¿NADA? Más o menos…

Y pues nada. Anda uno muy contento con su cotidianidad a cuestas. Y de pronto se da uno cuenta que su cotidianidad le ha impedido comunicar nada en blog que tan fielmente siguen algunos, infielmente otros tantos y que a muchos pero muchos más tiene sin cuidado. Y entonces uno twittea promesas bloggeras que no logra concretar por la acumulación de pendientes. Y entonces uno recibe amenazantes mensajes privados de lectores enfurecidos por el abandono, de conejitas recelosas que se niegan a hacer lo propio, de exprofesoras de literatura que esperan el final telenovelero de alguna anécdota que por ser tal no puede terminar en beso… y así uno comprende que sí han pasado cosas y que puede (y según algunos pocos, poquitititos fanáticos DEBE contar). Algunas acá se las cuento pero otras, como siempre, me las reservo.

Me topé con alguien con quien no quería toparme. Me dijo cosas que no quería que me dijera. Le dije cosas que siempre quise decirle. Nos miramos con un poco de rencor y de pronto comprendimos que nos perdonaríamos siempre y para siempre. No lo dijimos. No había palabras pero los dos lo supimos desde lo más profundo de las pupilas del otro. Estamos bien. Como antes. Pero diferente.

Por otro lado, trabajar con el grupo más popero del pop, también me ha hecho descubrir que sé (y no sólo sé sino que hasta me gusta) romper los paradigmas que en la vida siempre se topan. Estudié con punks, darks, hippies, intelectuales y seudoibids que siempre me cuestionaron que yo pudiera cantar algo sobre volar alto. Hoy ellos siguen ahí, yo volé alto. Aún puedo otro poquito más.

Y luego resulta que anda uno por la vida haciéndole al altruismo empresarial. Éste consiste en trabajar mucho, cobrar poco, tarde y de preferencia nunca. Y ahí anda su servidor llenando hojas virtuales en códigos binarios que pronto se convierten en textos que tarde o temprano se publican y metamorfosean en fortunitas que se acumulan en la lista negra de quienes me deben.

Y por razones inesperadas pero bienvenidas comprendí que los “amigos de toda la vida” no tienen nada que ver con cronología. No toda mi vida ha sido mi vida ni mi vida ha sido todo lo que he vivido. Mi vida es lo que me ha marcado y mis amigos de toda la vida me tienen un abrazo cálido siempre, una cerveza helada, una postal lejana y una silla cerquita. Ellos son los amigos de toda mi vida. Los que la han ido tatuando poco a poco.

También descubrí que uno de mis grandes ídolos de este país está tan cerca de mí que me da un poco de ñañaras topármelo un día y no poderme frenar, saltarle a la yugular pidiéndole un autógrafo, una foto y si se descuida hasta decirle cuantas veces he querido tener aunque sea la mitad de su talento. Por eso, para ahorrarme penas ajenas prefiero caminar por la sombrita y esquivando caminos en común.

Y ya para terminar les cuento que cuando más convencido estaba de que no quería nada de nada y que lo tenía todo, se me abrió un horizonte inmenso de probabilidades que me hizo lanzar un suspiro de emoción, de consuelo y hasta un poco de sofocamiento al saber que podía hacer todo eso y hasta mucho pero mucho más.

Ah y también aviso, estoy enamorado. Y mucho. Y si no posteo sobre eso, no es casualidad…

 


BODA EXPRESS… o algo así

Me caso en dos semanas. Que no lo sepa nadie pero ya lo decidí pero prefiero que se mantenga como un acto íntimo en el que sólo seamos dos, pero como nos exigen dos testigos, te invitamos… Así comenzó una conversación que, desde el principio supe que no iba a corregir el rumbo. No tenía para dónde corregirlo.

–Te casas…. Interesante

–Sí

–Curioso

–Sí

–Radical

–Sí

–Impulsivo

–No tanto, llevo pensándolo como un mes.

–¿UN mes? ¿30 días?

–31, marzo tiene 31

–Ah ok, yo creía que era una decisión que debías pensar más tiempo pero si son 31 días, no está tan mal, pensaba que eran 30, pero 31 está bien.

–Pues es que estoy segura de que es la persona correcta, está guapo, tiene dinero y tenemos buen sexo. Talvez no tan bueno pero sí mucho y con la práctica mejorará, estoy segura.

–Ok pues si estás segura talvez así sea. ¿Y yo tengo que ser testigo?

–Sí, testigo e invitado.

–Me da un poco de miedo ser invitado pero me da aún más miedo atestiguarlo. Sé que piensas que es seguro y por un lado sé que no debería contradecirte pero por otro me siento obligado a ello.

–Que no creas en el matrimonio no es mi culpa. Es tu culpa por estar en contra de Disney. ¡Mugre comunista!

–¿Disney? ¿Qué tiene que ver? O sea, sí estoy en contra, pero no tiene nada que ver contigo

–Soy una princesa que encontró a su príncipe azul y eso te molesta.

–No, lo que me molesta es que lo hayas encontrado en el tiempo que dura una película.

–¿O sea que te molesta la eficiencia? ¿Quieres amores burocráticos?

–¿Burocráticos?

–Que pasen por muchos procesos antes de meter el expediente…

–¿Es albur?

–Ash, no se puede hablar contigo en serio. Si la Middelton lo logró ¿por qué yo no?

–Porque este vato no se llama William ni tiene un palacio.

–¿Un palacio? ¡Mugre materialista! Ya no estás invitado, ni como testigo…

Y así pasé de comunista a materialista. Y así se terminó la invitación, la boda, el palacio y todo… menos el matrimonio, ese terminó un mes después…

HATER PROACTIVO

Si ya sé que mi amargura a veces genera unos posts muy agrios, otros muy rudos, otros muy aplaudidos y unos que son tan pero tan crueles, que multiplican mi número de visitas al blog de una manera que a veces me hace preguntarme “¿qué coños está haciendo la gente con tanto odio?” Yo al menos lo desfogo escribiendo.

En fin, he decidido lanzar una cinco soluciones hater a las cinco cosas que más odiamos:

  1. El tráfico. Sí yo soy de esos que en cuanto se sientan al volante tensa los hombros, arquea las cejas, pone cara de malo y se deja ir con un acelerafrena brusco y el claxon sonando a todo. No es necesario. De verdad. El claxon está trilladísimo. Todo el mundo lo usa a destajo y le han restado valor. Ya nadie entiende qué significa un pitido, dos pitidos, uno largo y un famosos ti ti ti ti tiiiii. Mi propuesta: que a partir de ahora, simplemente bajes la ventana, tomes aire, inhales, profundo, mááás profundo y liberes todo ese aire combinado con las mayores leperadas que conozcas lanzadas hacia todo ser humano que te rodee. Tampoco mejorará el tráfico, pero al menos habrás puesto en marcha tu creatividad y vocabulario procaz.
  2. A los comentaristas deportivos. Quienes me conocen saben que, aún cuando soy un adicto a hacer ejercicio, el deporte me tiene sin cuidado, sus transmisiones aún más y sus cronistas generalmente me ponen muy mal. NO soporto que cambien la O por la E, la A por la E, la I por la E. Me resulta insufrible que a cada vocal final de palabra le den una duración de más de 30 segundos y que se emocionen hipócritamente igual si mete gol el visitante que el local. Mi propuesta: grabémoslos en mp3 y enviémosles los archivos, talvez nunca se han oído.
  3. A la Señorita Laura. Antes que nada me pregunto: si le dicen señorita, es por algo. Y si lo es, también es por algo. Y a estas alturas, con esa cara y con esa actitud, dudo que deje de serlo. Es que no entiendo sus modales ni su ignorancia. Simplemente no concibo que alguien pueda andar por el mundo gritándole “desgraciado” a los hombres así como así. Mi propuesta: enseñarle la cadena causa-efecto que demuestra que se equivoca respecto a los hombres. Es más, que gracias a ellos tiene rating, ergo chamba, ergo dinero, ergo les debes todo, ergo deberías agradecerles, ergo darles las gracias, ergo: somos agraciados.
  4. La inseguridad de nuestro país. Más que molestarme, me preocupa. Me estresa. Me recuerda que vivíamos en un país tan perfecto que resultaba inverosímil, maravilloso, tan deseable que se hizo vulnerable y no faltaron los mierderos delincuentes que poco a poco se apropiaron de él. Pero también la sociedad se pudrió con ellos. Mi propuesta: basta de pachequeces, de consumo de drogas, de consumo de piratería, de compras bajo el agua y de billetes deslizados en la mano del policía. Eso o pegarnos un tiro y dejar de sufrir.
  5. Las familias de gordas que van de compras. No tengo nada contra los gordos. Bueno sí un poco, pero es independiente y hay quienes aseguran que en alguna vida pasada en la que seguro fui obeso. Pero lo que me molesta es que, conociendo sus dimensiones, sus velocidades, y la angostura de los pasillos, se atrevan a ir de compras, juntas y agarradas de las manos. Mi propuesta: que los centros comerciales prohiban la insatalción de McRoñas, PuerquerKing, KentukyFatChicken y todas esas cadenas. Sin carnada no hay presa.

He dicho…

GLAM NO TAN GLAM

Acá anda uno con su flamante empleo en la empresa más fifí del mundo, esa en la que sólo trabaja gente bonita. Toda llena de glamour y de estilo. Muy fashion como se decía antes, muy trendy como se dice ahora. Y entre alfombras rojas y paseos de la fama, uno pierde piso y se acostumbra a lo bueno. Y entonces, cuando uno es amablemente invitado a participar en un evento corporativo, coordinando al talento, pues uno no se imagina y dice que sí…

Llego al salón previamente asignado para el talento y descubro que hay una enorme alfombra, un poco exagerada para un hotel del Atlántico, pero aún así, me gusta. Y las luces, son muchas. Hay muchos focos. De esos muy incandescentes que dan una luz muy pero muy agradable aún cuando se siente uno adentro del microondas. Y me parece bien. Acomodo lo que tengo que acomodar. Llegan los enormes roperos móviles en los que se resguarda el vestuario del talento. Están cerrados con llave, pero está bien. Así nadie se los robará. Porque si son del talento, para un evento como este, seguro no queremos que sean robados… y posteriormente reembolsados por su servidor. Y como queda tiempo, mejor me voy a pasear.

Y entonces, en el ex–puerto-más-bello-del-mundo uno es amable recibido en el hotel históricamente más lujoso. Me gusta. Me gusta que es setenterísimo con su recepción enorme de mármol negro. Me gusta que tiene unas fuentes que imitan pirámides prehispánicas. Me gusta que tiene unos bellboys que no piden propina porque ganan mejor que uno mismo. Me gusta que para llegar a las habitaciones uno camina en una ruta rodeada por flamingos rosas, enormes cisnes blancos, y cientos y cientos de mucamas uniformaditas y sonrientotas. Y me gusta que las camas tienen de esas sábanas con quiensabecuántos millones de hilos (así dice mi abuela que sabe mucho de glamoures). Me gusta que los baños tienen como 95 toallas para cada ocasión. Me gusta que en el sistema de servicio al cuarto no necesitas decir qué número de cuarto es porque tienen identificador de llamadas y te saludan por tu nombre. Me gustan esas superficialidades. Me gusta la frivolidad de ser muy pero muy nice. Me gusta que me hayan invitado…

Y manos a la obra. Hora de trabajar. Me dieron la llave del aparatoso ropero. Estaba listo para el glamour. Mi anfitriona estaba ahí para darme bien las instrucciones. Me dirigió una de esas amables sonrisas de oreja a oreja que distinguen a las anfitrionas. Y así, directo ya  la nuca me sorrajó un: Muchas gracias por venir, te cuento que te agradezco por apoyarnos justo ahora que por desgracia no pudo llegar la persona que iba a maquillar a estos 40 payasos.

Sí, mi glamour consistió en maquillar a 40 payasos. 40. Sí, payasos. 40 payasos. No diré más.

 

 

¿ESTAR?

Disculpen mi rodberrypolaridad pero a veces no puedo con ella y la termino lanzando al horizonte y termina por embarrarse en forma de letras y palabras que viajan por este espacio cibernético esperando ser leídas. O no. O sólo algunas. O sólo a veces. O sólo por algunos. O por muchos. O por nadie. O por mí…

 

Paso. Pasito. Pasitito. Voy caminando por la calle. Tranquilo. Rumbo a casa. Sin pensar en nada. Con la mente abierta y con los pulmones absorbiendo todo a su paso, incluso el polvo y la contaminación. No importa. Camino a casa. Como me hubiera gustado soñarlo alguna vez. Y a cada paso siento que vibra y se enciende y me da un poco de gusto saber que suena en mi bolsillo un teléfono y que no lo voy a contestar porque sé quien es y yo no estoy ya. Hace mucho que no lo estaba pero no lo sabía. No lo sabía ella y no lo sabía yo.

Y sólo por curiosidad. Porque el morbo es más grande, saqué el teléfono del fondo de mi bolsillo y vi la pantalla. Y su nombre seguía ahí. El foquito rojo de la esquina brillaba intermitente esperándome. “Pues que me espere, no atenderé” me dije mil veces. Se lo dije a él. Lo amenacé. Le pedí que dejara de parpadear salvajemente. Le rogué que se apagara. Le grité con toda mi furia. Y no tuve fuerzas suficientes. Y respondí. Y escuché su voz. Y me dijo “hola” y no pude colgar. Ni responder. Sólo respirar. Agitado. Temblando. Y dije sí. Y llegué. Y hoy sólo pienso “no estoy más”. Y también sé “no podré”.

Y así es siempre. Así soy siempre. Así siempre.

 

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.